Un cóctel molotov lanzado contra la casa de Sam Altman, director ejecutivo de OpenAI, el 10 de abril de 2026. Cinco días después, un desconocido irrumpió en las oficinas de Anthropic con un sobre amenazante dirigido a un directivo. El rechazo social a la inteligencia artificial ha cruzado una línea.
Siete veces más amenazas en tres meses contra líderes de IA
Las amenazas digitales contra ejecutivos del sector de la inteligencia artificial se multiplicaron por siete entre finales de febrero y mayo de 2026, según datos de Liferaft, empresa especializada en monitorización de riesgos de seguridad. No es una tendencia difusa: hay un detenido por intento de asesinato y varios expedientes abiertos en la policía de San Francisco.
El incidente contra Altman es el más visible. OpenAI, fundada en 2015 y con sede en San Francisco, es la empresa detrás de ChatGPT y uno de los nombres más reconocidos del sector a escala global. Que su CEO sea objetivo de un ataque físico directo marca un punto de inflexión en la percepción pública de la industria.
El ataque a las oficinas de Anthropic, fundada en 2021 por antiguos empleados de OpenAI, añade otra dimensión: la amenaza no se limita a figuras públicas individuales, sino que alcanza también a las instituciones que representan.
Palantir gasta 3 millones y Oracle supera los 5,6 millones en protección de ejecutivos
Las empresas tecnológicas han traducido esta presión en gasto concreto. Palantir destinó casi tres millones de dólares a la protección de sus directivos en 2025, un 150% más que el año anterior. Oracle llegó a 5,6 millones de dólares en el mismo concepto.
Estas cifras no son excepcionales dentro del índice S&P 500. El 38,1% de las empresas tecnológicas que cotizan en ese índice declararon gasto en seguridad para ejecutivos en sus últimos informes, frente al 26,8% que lo hacía en 2021. El salto es de más de once puntos porcentuales en apenas cuatro años.
La tendencia tiene consecuencias operativas directas. Varios directivos del sector viajan ahora con escoltas armados. Otros han modificado su comunicación pública y han dejado de pronunciarse sobre el impacto laboral de la automatización, precisamente para no convertirse en objetivos de quienes sienten que esas declaraciones los afectan de forma directa.
El perfil del agresor: frustración económica, no ideología tecnológica
Detrás de los incidentes no hay un movimiento organizado con una doctrina clara. Lo que emerge es una acumulación de agravios concretos: empleos que desaparecen, preocupación por las perspectivas laborales de los hijos, facturas energéticas más altas vinculadas al consumo de los centros de datos, y la sensación generalizada de que nadie controla lo que estas empresas deciden.
Es una mezcla de frustraciones que no requiere una ideología articulada para traducirse en violencia. La historia de los movimientos de resistencia tecnológica tiene precedentes: los luditas del siglo XIX destruyeron telares mecánicos en Inglaterra no por oposición abstracta a la máquina, sino porque esa máquina eliminaba su medio de vida de forma inmediata y sin compensación.
El paralelismo no es exacto, pero la estructura emocional es reconocible. La automatización impulsada por modelos de lenguaje y sistemas de IA generativa está comprimiendo mercados laborales en sectores tan distintos como la atención al cliente, la redacción de contenidos, la programación de nivel básico o la gestión documental.
San Francisco como epicentro, pero la tensión es global
Los incidentes físicos se concentran en San Francisco y su área metropolitana, donde se ubican la mayoría de las grandes empresas del sector. Pero la tensión que los alimenta no tiene geografía fija. La automatización está reconfigurando mercados laborales en Europa, América Latina y Asia con velocidades y consecuencias distintas según el país, el sector y el nivel de protección social existente.
En economías con menor cobertura de desempleo o sistemas de reciclaje profesional menos desarrollados, el impacto de la sustitución de empleos por sistemas de IA puede ser más brusco. La diferencia es que en esos contextos la frustración no siempre encuentra un objetivo tan visible y localizado como los ejecutivos de Silicon Valley.
La concentración geográfica de las empresas más influyentes del sector convierte a San Francisco en un punto de convergencia simbólica. Atacar a Altman o irrumpir en las oficinas de Anthropic no es solo un acto contra una persona o una empresa: es un gesto dirigido a todo lo que esas figuras representan en el imaginario colectivo sobre quién controla el cambio tecnológico.
Cómo cambia la conducta pública de los ejecutivos bajo amenaza
El efecto más silencioso de esta escalada es el que ocurre antes de que nadie lance nada. Varios directivos del sector han reducido su presencia en eventos públicos. Algunos han cancelado apariciones en conferencias. Otros han dejado de participar en debates sobre automatización laboral que antes consideraban parte de su responsabilidad comunicativa.
Este repliegue tiene consecuencias para el debate público. Si las voces con más información sobre el impacto real de estas tecnologías dejan de hablar por razones de seguridad, el espacio lo ocupan versiones menos matizadas del mismo debate. La desinformación sobre IA, ya abundante, encuentra menos contrapeso institucional.
El caso de Anthropic ilustra bien esta tensión. La empresa, que ha construido parte de su identidad corporativa sobre la idea de desarrollar IA de forma segura y con mayor transparencia que sus competidores, se convierte en objetivo precisamente cuando esa narrativa no ha logrado convencer a quienes sienten que ninguna empresa del sector actúa en su interés.
El coste de asegurar a un CEO en la era de la IA generativa
El gasto en protección de ejecutivos no es nuevo en el mundo corporativo. Lo que cambia ahora es la velocidad a la que crece y el sector que lo protagoniza. Hasta hace pocos años, este tipo de gasto era más habitual en industrias extractivas, farmacéuticas o financieras, sectores con historiales largos de conflicto social.
Que empresas tecnológicas como Palantir u Oracle, cuyo modelo de negocio se basa en software y datos, necesiten destinar millones a seguridad física de sus directivos señala un cambio en cómo la sociedad percibe el poder real de estas organizaciones. Ya no son vistas como proveedores de herramientas neutrales, sino como actores con capacidad de transformar condiciones de vida a gran escala.
Palantir, fundada en 2003 y con sede en Denver, trabaja principalmente con gobiernos y agencias de defensa. Oracle, fundada en 1977 y con sede en Austin, es uno de los mayores proveedores mundiales de software empresarial y bases de datos. Que ambas aparezcan en este contexto refleja que la percepción de amenaza no se limita a las empresas de IA más visibles, sino que alcanza a todo el ecosistema tecnológico de gran escala.
OpenAI y Anthropic ante una crisis de legitimidad social
El ataque a la casa de Altman y la intrusión en las oficinas de Anthropic no son incidentes aislados que puedan gestionarse solo con más seguridad privada. Son síntomas de una crisis de legitimidad que ninguna de las dos empresas ha resuelto con su comunicación actual.
OpenAI lleva años en el centro del debate sobre los riesgos de la IA, con tensiones internas públicas sobre su gobernanza y su transformación de organización sin ánimo de lucro a estructura con inversores. Anthropic nació precisamente como alternativa a ese modelo, con una apuesta explícita por la seguridad. Ninguna de las dos narrativas ha logrado traducirse en confianza pública suficiente para contener la hostilidad que ahora se materializa en amenazas físicas.
La magnitud verificable del problema está en los números de Liferaft y en los presupuestos de seguridad de las empresas cotizadas. Lo que no está cuantificado, pero es igualmente real, es el coste de gobernar tecnologías de alto impacto sin los mecanismos de rendición de cuentas que la sociedad considera mínimamente aceptables. Ese déficit es anterior a cualquier cóctel molotov, y más difícil de resolver que una escolta armada.
Imagen ilustrativa generada con inteligencia artificial.
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